“LA RESPONSABILIDAD CIVIL EXTRACONTRACTUAL POR DAÑOS CAUSADOS POR ANIMALES”

En numerosas ocasiones encontramos en los medios de telecomunicación, sea en papel o en soporte electrónico, noticias en las que individuos, personas físicas, exigen la restitución e indemnización por daños y perjuicios provocados por otros individuos o, incluso por animales de un sujeto determinado.

Nuestro Código Civil (en adelante Cc) recoge lo que se conoce como: “responsabilidad extracontractual”, es decir, aquella que no nace como consecuencia de la celebración de un contrato previo o de una relación contractual. Dicha responsabilidad está recogida en el Título XVI, Capítulo II del cuerpo legal mencionado bajo la rúbrica: ““De las obligaciones que nacen de culpa o negligencia”.

El artículo 1902 Cc establece lo siguiente: “El que por acción u omisión causa daño a otro, interviniendo culpa o negligencia, está obligado a reparar el daño causado.” Es decir, se obliga jurídicamente a aquella persona física que causa daños y perjuicios, sea por acción u omisión, a otros individuos, mediando culpa o negligencia, puesto que la persona que soporta el daño no tiene porque hacerlo.

Ahora bien, esto puede parecer fácil o puede ser factible en aquellos daños producidos entre particulares, en los que se presupone que el daño va a ser resarcido, total o parcialmente, en grado satisfactorio.

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Pero ¿que hay de los daños ocasionados por animales, por ejemplo, un perro? El Cc nos da la respuesta en su artículo 1905 que dice: “El poseedor de un animal, o el que se sirve de él, es responsable de los perjuicios que causare, aunque se le escape o extravíe. Sólo cesará esta responsabilidad en el caso de que el daño proviniera de fuerza mayor o de culpa del que lo hubiese sufrido.”

Este precepto establece que, si no concurre fuerza mayor o si no interviene lo denominado como: “culpa exclusiva de la víctima”, el sujeto poseedor del animal en cuestión, tiene la obligación y es responsable de los perjuicios que cause el animal, incluso, si el animal está perdido o se escapa del lugar donde lo tiene el dueño.

Me parece pertinente esclarecer esta cuestión con un ejemplo real. Dicho ejemplo es el que se detalla en la Sentencia dictada el día 19 de marzo de 2008, por el Juzgado de Primera Instancia número 36 de Madrid.

En esta sentencia se relata los sucesos acaecidos entre Sara, una menor de dos años de edad, y una perra bóxer que le causó daños corporales a dicha menor. En el caso, Sara fue mordida por un animal canino, una perra bóxer, que le causó lesiones de las que tardó en curar 70 días, durante los que estuvo impedida para sus ocupaciones habituales, habiendo estado 3 días ingresada en un hospital y sin que le hubieren quedado secuelas. Sus padres reclaman indemnización por daños y perjuicios contra los dueños del animal y contra la compañía aseguradora por responsabilidad civil extracontractual del artículo 1.905 del Cc.

La perra bóxer se encontraba suelta en el jardín privativo de sus dueños sin correa y sin bozal. Y, la puerta de acceso del jardín al elemento común de la urbanización, no estaba cerrada con llave. Puerta que fue traspasada por la menor Sara que, desde el elemento común de la urbanización en donde estaba jugando con otra niña, se introdujo en el jardín del chalet para continuar jugando con la hija de los dueños que ahí se encontraba, en compañía de la perra que mordió a Sara.

El Juzgado de Primera Instancia aprecia concurrencia de culpas por las razones que abduzco a continuación.

En cuanto a la culpa o negligencia por parte de los poseedores del animal hay que decir que un cánido con raza bóxer es un animal potencialmente peligroso. Además, la pequeña Sara no era la primera vez que accedía al jardín del chalet sino que ya había acudido en ocasiones anteriores, para jugar en el mismo con la hija de los dueños del chalet, y conocedores, como tenían que serlo, de esta situación, no prohibieron, impidiendo terminantemente que la pequeña Sara accediera a su jardín ni adoptaron las medidas necesarias para que, al acceder la pequeña Sara al jardín, la perra no pudiera tener contacto con ella. Y al no haber optado por una de estas dos posibilidades se observa en la poseedora de la perra una conducta culposa o negligente.

Por otro lado, la culpa de la madre de Sara proviene porque esta mujer se encontraba en la urbanización vigilando a su hija de dos años de edad, y sabedora que, en el jardín del chalet de los demandados, había una perra bóxer suelta sin correa y sin bozal, permite que su hija se introduzca en ese jardín, sin impedirlo a pesar de que podía perfectamente hacerlo.

Es por eso, que el Juzgado de Primera Instancia aprecia daños y perjuicios sobre la menor, condenando a los dueños del animal a responder por los daños del mismo; pero también se aprecia culpa de la madre de la menor por no tener la suficiente diligencia que se le impone a una madre del cuidado de su hijo y, más aun, sabiendo que el animal se encontraba en el lugar al que su hija iba a acceder, por lo que, tuvo y debió de prever que su hija podía ser atacada por el animal.

En definitiva, el Juzgado de Primera Instancia aprecia concurrencia de culpas, y posteriormente, la Audiencia Provincial de Madrid a la que se recurre también aprecia dicha concurrencia de culpas, y ratifica y confirma la sentencia dictada por el Juzgado de Primera Instancia.

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