Día internacional de los Derechos Humanos, una llamada a la reflexión.

Hoy, día 10 de diciembre, es el día de los Derechos Humanos. Hoy se conmemora el día en que, en 1948, la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Lejos de ser un concepto seco y sencillo, no es sino con una breve referencia a la historia como hemos de abarcar los Derechos Humanos tal y como hoy día se entienden, o deben ser entendidos.

Imagen extraida de: fundacionclinicadelafamilia.org

Así, situándonos en un contexto histórico de reciente término de la Segunda Guerra Mundial, en el que millones de personas padecieron el terror,  el exilio y el genocidio de los dictadores y tiranos de la época, la Declaración Universal de los Derechos Humanos fue creada por Naciones Unidas con el objetivo de convertirse en la pieza base sobre la que se asentaría la paz mundial. Un documento ético, moral y, sobre todo, jurídico, aceptado internacionalmente con la intención de proteger los derechos básicos del ser humano nada más que por el hecho de serlo. Derechos de carácter civil, político, social, económico y cultural con fuerza de “iuscogens” o derecho imperativo e inalterable como garantía universal para los ciudadanos.

Si bien el fin de las grandes guerras junto con la creación de la Declaración Universal de los Derechos Humanos comportaron una significativa evolución a nivel internacional de los derechos inalienables de la persona, (tal y como ocurrió tras la Revolución Francesa); aún hoy día seguimos teniendo pendiente la tarea de conseguir un mundo en paz y libre de tiranía en el que las guerras y conflictos bélicos brillen por su ausencia. Y esta tarea no se consigue sólo mediante la aplicación de las medidas de la Unión Europea o de los partidos políticos, sino desde la conciencia de cada persona. Es por ello que este día ha de ser entendido desde una doble vertiente: por un lado, como la celebración de todo lo conseguido desde la creación de la Declaración hasta el día de hoy 68 años después, que ha sido mucho; y por otra parte, como una llamada a la reflexión colectiva e individual para defender los derechos “del otro”, del de al lado, como medio para dar solución a los problemas que impiden la paz en el mundo.

Por tanto, más allá de hacer una reflexión jurídica acerca de los Derechos Humanos, cuestión sin duda interesante y objeto de largo y tendido debate, creo que es más conveniente abarcarlo desde un prisma ético y responsable, teniendo como referencia la situación actual en la que nos encontramos. Quizás no es tiempo de hablar del Tribunal de Derechos Humanos o las vías y requisitos que hemos de cumplir para llegar al mismo; sino más bien sea tiempo para recordar la situación en la que se encuentran miles de sirios en campos de refugiados griegos, o la situación de los civiles en países como Nigeria, Corea del Norte o la comunidad Saharaui; y reflexionar sobre ello.

Las guerras de Irak e Siria, o el creciente renacer de los partidos políticos de derecha radical en los países de occidente, son un claro ejemplo de que no estamos tomando el camino correcto para la aplicación y protección de los Derechos Humanos que hoy reconocemos, sino más bien un paso atrás en ello.

La pregunta que hemos de hacernos, por tanto, es la siguiente: ¿qué puedo hacer yo para contribuir a la protección de los Derechos Humanos?

El principal obstáculo del reconocimiento de los Derechos Humanos es la discriminación: ese gigante que inunda nuestra sociedad moderna y mora en los corazones menos sensibles. No es tarea únicamente de los poderes públicos combatir la discriminación que prohíbe el propio artículo dos de la Declaración, sino que es tarea de cada uno desde nuestro pequeño círculo social, desde nuestra pequeña “área de influencia”. Discriminaciones por sexo, raza, religión, nacionalidad o pensamiento están a la orden del día en nuestra sociedad, y ello es el obstáculo principal a la generación de un mundo en paz y sin conflictos. Solo combatiendo las mismas desde abajo, podremos llegar a erradicarlas en el fondo.

Sin duda nos encontramos ante un tema de extraordinario alcance y significación, por lo que creo no está de más hacer alusiones o comentarios éticos y personales dejando lo jurídico de lado, pues, como todos sabemos, antes que juristas, somos personas.

 

Alberto García Pastor. Máster Abogacía en  la Universidad de Jaén.

 

 

 

 

 

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